"Pinocho".

Un día, un carpintero llamado Gepetto hizo un hermoso muñeco, al que llamó Pinocho porque estaba hecho de madera de pino.
--¡Qué lástima que no sea un niño de verdad! -dijo Gepetto. -
--¡Me hubiera gustado tanto tener un hijo!!.
Aquella noche, el Hada Azul apareció en el taller de Gepetto, tocó a Pinocho con su varita mágica y le dio vida.
--Pórtate bien y sé un buen hijo. -le dijo antes de desaparecer.
Al día siguiente, Gepetto se puso muy contento y le dio a Pinocho libros y cuadernos para que fuera al colegio con los demás niños.
Pero mientras iba al colegio Pinocho se encontró con un par de bribones que lo convencieron de que fuera a divertirse con ellos.
Mediante engaños, lo llevaron al teatro ambulante de un gitano y se lo vendieron para que lo exhibiera en público, pues un muñeco viviente era una gran atracción.
El dueño del teatro encerró a Pinocho en una jaula, y éste empezó a llorar hasta que el Hada Azul acudió en su ayuda; le preguntó cómo había llegado hasta allí, y Pinocho, que no quería confesar que no había ido al colegio, le mintió y entonces ¡le creció la nariz!.
El Hada Azul lo perdonó y lo soltó, pero Pinocho se dejó engañar otra vez por los dos bribones,k que lo llevaron al País de los Juguetes, un lugar lleno de dulces y golosinas y juegos y juguetes de todas clases, pero donde los niños que allí iban acababan convirtiéndose en burros en castigo por su glotonería.
Pinocho empezó a jugar y a atracarse de golosinas, y pronto empezaron a crecerle orejas de burro. Asustado, huyó de allí, pero al llegar a su casa descubrió que Gepetto ya no estaba.
Había salido en busca de su hijo de madera, y el barco en que viajaba se lo había tragado la ballena.
Pinocho sintió mucho miedo.
Pero el cariño que sentía por aquel carpintero le infundió valor y se lanzó al mar con una pequeña barca
¿Dónde podría encontrar a la persa blanca que buscaba?.
Surcó los mares en vano hasta que, desalentado, una lágrima brotó de sus ojos.
Al advertir su arrepentimiento el Hada Azul hizo que la ballena apareciera.
Tanto se acercó a ella Pinocho en su barca que la ballena, asombrada abrió la boca de sorpresa.
El muñeco aprovechó aquel instante para zambullirse en su interior, rescatar a Gepetto y regresar a su barco.
La ballena se puso furiosa y trató de darles caza, pero como Pinocho ya era experto en conducir barcos, logró sortear el peligro y llegar a tierra.
Como premio a su valor el Hada Azul lo convirtió en un niño de carne y hueso.

Carlo Collodi.

"El Patito Feo".

Aquel verano, entre los huevos de mamá pata apareció uno más grande; no lo había puesto ella ni sabía de dónde podía venir, pero puesto que estaba allí lo incubó como los demás.
Por fin se rompió y salió de su interior un patito raro, grande y desgarbado, de un sucio color grisáceo.
-No importa que sea raro y feo -- dijo mamá pata --. Es mi hijo como los demás.
Pero los otros patos, incluidos sus hermanos, no hacían más que burlarse del patito feo, por ser tan desgarbado, hasta que éste, lleno de pena, se marchó de la granja.
Llegó el invierno, empezó a caer nieve y a helarse el agua de los estanques. Hacía muchísimo frío, y un día el patito vio elevarse en el cielo una aves maravillosas de largo cuello y hermoso plumaje blanco; eran cisnes que emigraban hacia lugares más cálidos para pasar el invierno.
Al ver a los cisnes, el patito feo sintió una gran emoción y un deseo fortísimo de volar con ellos, pero aún era pequeño y sus alas apenas le permitían revolotear un poco.
De penalidad en penalidad, pasó el invierno, y al llegar la primavera el patito feo, que había crecido bastante, voló hacia el bosque en busca de un lago.
De pronto vio tres cisnes blancos y majestuosos volar hacia un estanque, y no pudo vencer la tentación de seguirlos.
Se posó en el agua junto a ellos, pensando: "Seguramente me echarán al verme tan feo y desgarbado".
Los cisnes se acercaron al patito, que agachó la cabeza avergonzado, pero entonces vio su imagen reflejada en el agua y cuál no sería su sorpresa al comprobar que, al crecer durante el invierno, él también se había convertido en un cisne majestuoso...
En la plenitud de su belleza, extendió sus blancas alas con orgullo.
¡Por eso les había parecido tan raro a los demás patos, porque era un cisne, y de pequeños los cisnes son grisáceos y desgarbados!!
Y el que había sido el patito feo, convertido en un blanco cisne de un cuello flexible, nadó feliz junto a sus compañeros.
Un día acertaron a pasar por aquel estanque, mamá pata con el resto de sus hijos y se detuvieron a admirar la belleza de aquellos blancos cisnes.
De entre ellos, no tardaron en reconocer al que alguna vez fuera llamado "El Patito Feo".
Al verles, éste salió del agua y se acercó a mamá pata, a la que saludó efusivamente, mientras ella daba muestras de orgullo ante el majestuoso porte de su hijo.
Los otros hermanos bajaron la cabeza, avergonzados.
Pero el que fuera patito feo los perdonó, invitándolos a que nadaran juntos en el estanque.

H. Ch. Andersen

"La Liebre y La Tortuga".

La liebre era uno de los animales más veloces del bosque, y siempre estaba presumiendo ante los demás de su agilidad y ligereza.
--Ni los más veloces galgos pueden darme alcance -decía-, ni los zorros, ni las águilas... Nadie puede igualarme en rapidez.
Vivía en el mismo bosque una simpática tortuga, a la que todos apreciaban por su amabilidad y paciencia.
Pero la vanidosa liebre siempre se burlaba de ella por su lentitud, diciéndole cosas tales como:
-No corras tanto, amiga tortuga, que vas a tropezar y te vas a caer.
La tortuga no hacía caso de estas chanzas y seguía su camino, lenta pero segura.

Un día la liebre, delante de otros animales, le dijo a la tortuga en son de burla:
--Te desafío a una carrera; eres tan rápida que siento curiosidad por saber si puedo ganarte.
Ante el asombro de todos la tortuga respondió:
-De acuerdo, acepto.

Se decidió, pues, el punto de partida, el recorrido y la meta, situada al otro extremo del bosque, y a una señal salieron los dos animales, corriendo a gran velocidad la liebre y caminando lentamente la tortuga.
Como era de esperar, enseguida sacó la liebre gran delantera, y viendo que la tortuga estaba muy atrás, se sentó a descansar bajo un árbol, muy tranquila.
Al cabo de un buen rato, llegó la tortuga con su paso lento y calmoso, y la liebre se rió a carcajadas.
La dejó adelantarse un trecho y luego volvió a correr, sacándole de nuevo una gran ventaja en pocos minutos.
La liebre repitió varias veces esta maniobra, y tan confiada estaba en su victoria, que una de las veces se quedó dormida bajo el árbol en que se habia sentado a descansar un rato. De pronto, se despertó sobresaltada y echó a correr a toda velocidad hacia la meta, pero cuando llegó se encontró a la tortuga que estaba esperándola con una sonrisa burlona; mientras la liebre descansaba segura de sí misma, la tortuga, lenta pero constrante, había ido avanzando hasta ganar la carrera.
Desde aquél día, la liebre no volvió a presumir y nunca más se burló de la paciente tortuga.
Fábula de Esopo.

"Las Zapatillas Rojas"

Érase una vez una niña muy linda y delicada, pero tan pobre, que en verano andaba siempre descalza y en invierno tenía que llevar unos grandes zuecos, por lo que los piecesitos se le ponían tan encarnados, que daba lástima.
La chiquilla era huérfana y un día una anciana señora la vio, sintió pena por ella y decidió recogerla.
Le enseñó a leer, a coser y le compró ropa y zapatos nuevos.
Pero la mayor ilusión de la niña era tener unos zapatos rojos. La señora se negaba a comprárselos pues le parecían feos y de mal gusto.
Al fin una mañana consiguió sus zapatos rojos haciendo creer a la anciana, que no veía ya demasiado bien, que eran de otro color.
Con ellos puestos y más feliz que nunca acompañó a la dama a la iglesia.
En la puerta se había situado un soldado viejo, con una muleta y una larguísima barba más roja que blanca, quien al ver a la niña exclamó:
--¡Caramba qué preciosos zapatos de baile!! Ajústalos bien cuando bailes --y con la mano dio un golpe en la suela.
La niña no pudo resistir la tentación de marca unos pasos de danza, y he aquí que no bien hubo empezado, sus piernas siguieron bailando por sí solas, como si los zapatos hubieran adquirido algún poder sobre ellas.
Y bailando dio la vuelta a la esquina de la iglesia mientras el soldado se reía a carcajadas de ella.
Intentó quitarse los zapatos para tirarlos, pero estaban ajustadísimos a sus pies, y , aún cuando consiguió arrancarse las medias, los zapatos no salieron.
Y venga a bailar y bailar, sin poder detenerse, los zapatos la sacaron por la puerta de la ciudad y la guiaron hasta un oscuro bosque.
Se encontraba sola y asustada, y, además, el frío le helaba los huesos.
No paraba de pensar en la pobre y anciana señora que estaría buscándola por todas partes.
--¡Oh, qué mal hice en engañarla! - pensaba -.
Nunca debí comprarme estos zapatos rojos.
¡Daría cualquier cosa por poder estar con ella en casa, junto al fuego y sin estos odiosos zapatos!
En el acto los zapatos pararon de bailar. La niña no salía de su asombro: ¡ya no tenía que bailar incansablemente! Intentó quitárselos y los zapatos salieron suavemente de sus pies.
La chiquilla, feliz, los arrojó lejos de sí y volvió descalza a su casa. Nunca más quiso tener unos zapatos rojos.

Hans Christian Andersen.

MORALEJA:
Entusiasmarse con sueños imposibles e inalcanzables no sólo puede acarrear consecuencias impensadas, sino que volverá mas triste la realidad.

"El Flautista de Hamelín."

Hace ya muchos años, el pueblo de Hamelín fue invadido por un número incalculable de ratas que lo devoraban todo a su paso.
Ratoneras, cepos, veneno, todo resultaba inútil. Incluso se hizo venir un barco cargado con mil gatos; pero todos estos esfuerzos no sirvieron para eliminar a los roedores.
Más he aquí que un buen día se presentó ante el alcalde de la ciudad un hombre muy alto, de piel oscura, delgado, vestido con un traje rojo, sombrero puntiagudo y medias grises. El forastero le ofreció, a cambio de cien escudos, librar a la ciudad de la plaga que la asolaba. El alcalde aceptó la propuesta en el acto.
Sin pérdida de tiempo, el forastero extrajo de su bolsa una flauta y comenzó a tocar una extraña melodía. Nada más sonar las primeras notas comenzaron a salir de los graneros, de las vigas, de las tejas, ratas y ratones, primero por cientos y luego por miles, que acudían hacia el flautista como atraídas por una fuerza irresistible.
El flautista, sin dejar de hacer sonar la flauta, atravesó el pueblo y se dirigió hacia el río, seguido en todo momento por la inmensa legión de roedores. Una vez llegado al río, se descalzó y se introdujo en sus aguas, seguido por todas las ratas de Hamelín, que de este modo murieron ahogadas.
La ciudad quedó limpia de ratas. Pero cuando el forastero se personó en el Ayuntamiento para recibir la recompensa prometida, el alcalde y los ciudadanos, comprendiendo que no tenían ya nada que temer de las ratas, tuvieron la desfachatez de entregarle diez ducados en lugar de los cien que le habían prometido por su trabajo.
El flautista se enfadó.
La respuesta fue una carcajada general. Se rieron de su amenaza y lo expulsaron del pueblo entre risas y bromas.
El viernes siguiente, a mediodía, el flautista reapareció en la plaza del mercado, sacó de su bolsa una flauta, totalmente distinta a la anterior, y cuando se empezaron a oír sus primeros compases todos los niños de la ciudad comenzaron a seguirle.
El flautista caminó hasta una cueva, y con él todos los niños.
Durante algún tiempo se siguieron oyendo los sones de la flauta; luego fueron disminuyendo poco a poco, y finalmente cesaron del todo.
Los niños habían desaparecido sin dejar rastro.
Prosper Merimée.